


*EXCLUSIVO* LAS BRUJAS: EL LEGADO DE SANGRE EN LAS MONTAÑAS
Por Juan Carlos Rojas
Publicado el 28 de octubre de 2024
[FOTOGRAFÍA: Camino rural entre montañas boyacenses. (Crédito: Archivo/El Espectador Paranormal)]
El miedo tiene un olor particular en Boyacá. Es una mezcla de tierra húmeda, eucalipto y algo más… algo que se pega a la piel como el rocío de la madrugada. Lo supe desde que llegué, pero lo ignoré. Después de todo, ¿quién cree realmente en brujas en pleno siglo XXI?
Fue en el tercer día de mi estadía cuando empecé a notar los detalles que no cuadraban. Las casas de Monguí, tan pintorescas de día, tenían todas sus ventanas marcadas con cruces de ceniza apenas caía el sol. Los niños dejaban de jugar en las calles exactamente a las 5:30 pm, como siguiendo algún horario invisible. Y los perros… Dios, los perros. Aullaban en coro todas las noches, mirando fijamente hacia el cerro del Diablo.
Don Evelio, el dueño de la posada donde me hospedaba, me advirtió la primera noche:
—”No salga después del toque de queda, muchacho. Aquí las noches son largas y hay cosas que prefieren moverse sin testigos”.
Claro que no le hice caso.
La noche del 14 de diciembre salí con mi cámara, decidido a capturar el famoso “resplandor azul” del que hablaban los campesinos. Según la leyenda, en ciertas noches las montañas brillan con una luz fantasmal. Lo que encontré fue mucho peor.
A medio camino entre Monguí y Sogamoso, cerca de la quebrada La Colorada, el aire se espesó de repente. Mis pulmones ardían como si hubiera inhalado humo, pero no había fuego alguno. Fue entonces cuando vi el primer grupo: cinco figuras encapuchadas moviéndose en formación circular alrededor de lo que parecía ser un hoyo cavado en la tierra.
Lo que sucedió después lo registré en mi diario con mano temblorosa:
*”23:17 – Las figuras comenzaron un canto gutural. El idioma no se parece a nada que haya escuchado. Noto movimiento en el hoyo. Algo está saliendo.
23:23 – El olor a podrido es insoportable. Las figuras han sacado… ¿un cuerpo? No, son varios. Pequeños. ¿Niños? Dios mío, son niños.
23:31 – El canto alcanza su climax. Uno de los encapuchados saca un cuchillo curvo. La luna se ha teñido de rojo. No es mi imaginación, JESUCRISTO EL CUCHILLO ESTÁ BAJANDO-“*
El resto de la página está manchado con lo que los peritos confirmaron después como sangre tipo AB-. Curiosamente, no es mi tipo sanguíneo.
Cuando desperté, estaba tirado al borde de la carretera principal, a 8 kilómetros del lugar. Mi cámara había desaparecido, pero en mi bolsillo encontré un trozo de tela negra que olía a azufre y… canela. El forense al que se lo mostré palideció visiblemente:
—”Esto es lana de vicuña teñida con una mezcla de carbón y óxido de hierro. La usaban los chamanes muiscas para rituales de contención. Pero lo preocupante es el olor… las crónicas coloniales mencionan que las ‘Mujeres de la Noche’ perfumaban sus vestimentas con canela y mercurio”.
En las semanas siguientes, descubrí que mi experiencia no era única. En los archivos de la alcaldía de Tunja encontré un expediente marcado como “Caso 43” que detallaba la desaparición de seis excursionistas en 1997. El informe incluía una foto polaroid encontrada en el lugar: la imagen mostraba a un grupo de personas formando un círculo, sus rostros desfigurados por lo que el oficial a cargo describió como “quemaduras por frío extremo”. Lo más inquietante eran las sombras alargadas que aparecían detrás de ellos, sombras que no correspondían a ninguna fuente de luz visible.
El profesor Ernesto Valderrama, antropólogo de la Universidad Nacional, me confió durante una entrevista nocturna en su oficina:
—”Hay patrones que se repiten en los relatos: las figuras encapuchadas, los cantos en lenguas muertas, la manipulación de cadáveres… Lo que usted describe coincide con rituales de necromancia documentados en la región desde el siglo XVI. Los conquistadores españoles escribieron sobre ‘hechiceras’ que podían hablar con los muertos. Lo curioso es que los relatos indígenas son aún más antiguos”.
Mientras profundizaba en mi investigación, comencé a recibir… visitas. Pequeños objetos aparecían en mi habitación: una muñeca de trapo con ojos de vidrio (idéntica a las que usan en los rituales de limpieza espiritual), ramitas de ruda cruzadas con hilo negro, y lo peor – trozos de carne cruda colocados estratégicamente en mi almohada. La forense que analizó las muestras confirmó que era tejido muscular humano, probablemente de un niño.
La gota que colmó el vaso fue el mensaje escrito en mi espejo con lo que espero era lápiz labial:
“Ya probaste nuestra carne. Ahora ven por tu parte”
Hoy, dos años después, todavía me despierto sobresaltado cuando el viento silba de cierta manera. Me mudé a una ciudad grande, donde los ruidos de la civilización ahogan los sonidos de la noche. Pero a veces, cuando la neblina es particularmente espesa, creo distinguir figuras altas y delgadas observando desde los callejones.
Y lo peor es que ahora reconozco el canto.
LO QUE ENCONTRÉ EN LOS ARCHIVOS PROHIBIDOS
Durante mi última visita a Boyacá, un archivista anciano me mostró un documento que no debería existir. Era un relato del obispo fray Miguel de los Santos, fechado en 1623, que describía el juicio de tres mujeres acusadas de brujería. Lo trascendental no era el texto, sino el dibujo al margen: cinco figuras con capuchas, formando el mismo círculo que yo vi, con un símbolo idéntico al que encontré grabado en la puerta de mi habitación la mañana después del mensaje en el espejo.
El obispo escribió:
“Confesaron bajo tormento que su señora las llamaba desde las montañas con sueños de sangre. Dijeron que cuando la luna se tiñe de rojo, las puertas se abren y lo que está debajo puede subir. Juraron que esto continuaría después de su muerte, pues su pacto era con algo que no muere”.
Ahora, cada vez que miro el calendario lunar, me pregunto cuántos más han visto lo que yo vi. Cuántos más han escuchado el canto. Y sobre todo… cuántos han probado la carne.
[Nota del editor: El autor desapareció tres días después de entregar este manuscrito. Su computadora fue encontrada abierta en una página de búsqueda sobre rituales de protección muiscas. La última entrada en su diario personal decía simplemente: “Ellas cantan mi nombre”.]
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